A Federica Ragni

 

“Este libro te va a gustar, me lo recomendó Lourdes Quintanilla”, me dijo Juan Pablo, un amigo de esa época. El libro era Las bodas de Cadmo y Harmonía. Yo tenía veintiún años y estudiaba la licenciatura en ciencia política en la UNAM. Lo leí. Al terminarlo sentí que había experimentado algo que pocas veces sucede en la vida, tal vez sólo con la música, el sexo o una buena droga: cierto contacto con lo divino. Ahora bien, esta experiencia debe entenderse como la entendían los griegos: Théos, para ellos, no era un dios, sino un acontecimiento, algo que te arrebata de la fútil realidad para conducirte a un espacio inexpresable, un lugar cercado por el peligro y el placer máximos. Como explica Karl Kerenyi: dios no es una persona, es un evento, y si intensificamos la atención —dirá Simone Weil—, podemos sentir cómo invade nuestra mente y nuestro cuerpo. No es un concepto o una idea, tampoco un ser encubierto en el cielo. En pocas palabras, todo se concentra en una sola frase: “dios acontece”. Lo divino puede presentarse en cualquier instante, al caer una hoja en un día helado, en la mirada de un niño, o al pasar fugazmente una mujer hermosa a nuestro lado, pero, antes que nada, al leer un libro. Como señala Calasso con deliciosa lucidez, los dioses se retiraron de la esfera humana para ocultarse en las sílabas, en las letras…, en la “Literatura absoluta”. Éste fue el inicio de lo que más tarde llegó a ser una gran amistad entre nosotros, y un fuerte vínculo entre él y México.

 

Años más tarde, estaba por titularme de maestro en ciencia política y debía escoger un tema de tesis. No sé por qué insistí en continuar en esa línea. Las ciencias sociales siempre me han parecido un rosario de buenas intenciones tratando de imitar, contradictoriamente, disciplinas que sí asumen su carácter indeterminado y precario. Para no ir más lejos: la física cuántica. Escogí a Calasso. Era 1994. Sólo había escrito cuatro libros: El loco impuro, La ruina de Kasch, Las bodas de Cadmo y harmonía y Los cuarenta y nueve escalones. El loco impuro era imposible de conseguir, publicado en español en el año 1977 por la editorial Marymar, tres años después de su edición en Adelphi. Los cuarenta y nueve escalones, 1991, siempre Adelphi, salió en Anagrama justo cuando estaba por terminar la tesis. La ruina de Kasch, como señala Italo Calvino, trata de dos temas, uno es Talleyrand y el otro todo lo demás, pero tanto Talleyrand como todo lo demás están cubiertos por la sombra del poder, precisamente la palabra que necesitaba para justificar mi tesis. En Las bodas de Cadmo y Harmonía el poder emana del aliento de los mitos, de los dioses, del sacrificio y de la posesión. Ésta última, por cierto, indispensable para entender el poder y la propia obra de Calasso. Sin embargo, no sabía prácticamente nada de su vida, salvo que era editor. Por fortuna, gracias a unos amigos argentinos —dos de ellos vivían en Italia— logré enviarle una carta y un extracto de lo que llevaba escrito. Los recibió y a las dos semanas tenía en mis manos, nuevamente gracias a mis amigos, un paquete con libros, dosieres con entrevistas y artículos en varios idiomas y de distintos países, su tesis de licenciatura, titulada Los jeroglíficos de sir Thomas Browne, y un inédito, fotocopia del original, con correcciones autógrafas, titulado “La locura que viene de las ninfas”. Con este material, y con la venia de Roberto, pude terminar mi tesis. Más tarde se la envié. A partir de ese momento nunca más dejamos de estar en contacto. Cada tanto me mandaba libros de Adelphi. Un día llegó Ka, el gemelo de Las bodas, pero ahora con su mente abarcando la India, sus dioses, sus rituales y sus mitos. La sensación al terminar de leer Ka fue… quien lo haya leído sabe de qué hablo.

 

En 1996, además de dar clases, yo era editor de Estudios Políticos, una revista académica de la FCPyS de la UNAM. Le pedí a Roberto que me dejara traducir y publicar en esa revista “La locura que viene de las ninfas”. Aceptó con gusto. Gesto generoso de su parte. Lo tradujo Teresa Ramírez, una querida amiga. En la Facultad no entendieron qué hacia un texto así en una publicación de ciencia política. Años más tarde bromeaba con Roberto sobre cómo por su culpa me habían corrido del trabajo. No parábamos de reír.

 

 

La primera vez que hablé con él fue en el 2000. En ese tiempo interrumpí momentáneamente el doctorado. Acepté la generosa propuesta de Melissa Privitera —un ser entrañable en mi vida— de visitarla en Barcelona con la intención de quedarme a vivir allí. Fui sin dinero. A ella le iba muy bien y el primer mes no hubo problema, pero comenzando el segundo se quedó sin trabajo y yo no pude conseguir nada, así que el regreso a México era inminente. Al mismo tiempo, Teresa estaba haciendo una nueva traducción de El loco impuro. Unos meses antes le había pedido permiso a Calasso para traducirlo. Aceptó y se involucró en el proceso de traducción. Teresa fue a verlo a Milán para afinar detalles. Gracias a ella, Calasso supo que yo estaba en España. Dos días antes de regresar a México vegetaba solo en casa de Melissa. Recuerdo el sonido de la lluvia. En la derrota total veía en la tele, asqueado, una entrevista que le hacían a Joaquín Sabina. No podía pensar en un escenario peor, cuando de improviso suena el teléfono, contesto, y una voz cálida y grave pregunta por mí: era Roberto. Consiguió el número triangulando información con Teresa y Citlali Marroquín, el ser más querido y cercano a mí en ese momento. Él habló en italiano y yo en español. Me pidió que lo visitara. Le confesé que no podía. No tenía dinero para ir a verlo. Me dijo que fuera a ver a su amigo y editor Jorge Herralde, director de Anagrama. Él le pediría que me diera trabajo. Estaba por salir la versión de bolsillo de La Ruina de Kasch y Calasso quería que yo hiciera el cuidado de la traducción. Al día siguiente fui a las oficinas de Anagrama. Me recibió Herralde. Calasso recién le había enviado un fax donde —comentó Jorge— me recomendaba elogiosamente. Herralde me explicó que en ese momento no podía ofrecerme nada. Regresé a México al día siguiente.

 

En el año 2001, dos de mis alumnos, Eduardo Rabasa y Rafael López Giral, me propusieron que hiciéramos una editorial para publicar libros “raros”, como los que les daba en clase. Eduardo era muy cercano a mí, así que acepté. Luego conocí a Francisco de la Mora, buen amigo de ellos y estudiante de la Ibero. Juntos creamos Sexto Piso. La única condición que puse fue que lo haríamos a mi manera, es decir, que no publicaríamos a parientes, ni libros ajenos a la línea que había ideado. Sabía que, si hacía una editorial de acuerdo con mis gustos, Calasso me apoyaría. Y así fue. La historia de Sexto Piso tiene muchas aristas, pero ahora sólo me concentraré en la importancia de Calasso en su creación. En el 2002 nace formalmente la editorial. Antes de contarle nada a Roberto, quería tener ya algunos títulos publicados. Llegó el momento y le envié un libro de Gerorge Orwell y otro de Etienne de la Boétie. Omití el de Morris Berman, de otra forma nunca se hubiera entusiasmado. A partir de ahí, Calasso, con sus consejos, calidez e inteligencia, no dejó de estar presente. Un poco después, le pregunté si podía cedernos los derechos de dos ensayos suyos para dos de los libros que, desde mi perspectiva, fijaron la esencia de lo que fue Sexto Piso en ese momento: Memorias de un enfermo de Nervios, de D. P. Schreber, y El único y su propiedad, de Max Stirner. Pero la apuesta fuerte era un libro de él: El loco impuro. Teresa ya había terminado la traducción. Parecía que Herralde no tenía intención de publicarlo, así que le pregunté a Calasso si estaba de acuerdo en que lo editáramos nosotros. Dijo que sí a todo. Con estos tres libros, Sexto Piso adquirió otra dimensión. A partir de ese momento fui cada vez más estricto con la línea editorial. En 2004 ganamos el Young Publisher of the Year de la Feria del libro de Londres. Siempre he tenido problemas con los idiomas, así que Eduardo fue quien representó a Sexto Piso y a México. Al mismo tiempo yo estaba en Barcelona, unos días antes de ir a Milán a conocer en persona a Roberto. El día que Eduardo me llamó para darme la noticia y festejar, estaba cenando con Antonio Ramírez, el dueño de La Central, una de las librerías más hermosas de España y del mundo. Incluso Calasso llegó a escribir bellas palabras sobre ella. En esa cena Antonio, un tipo inteligente y encantador, y también muy bien conectado en el mundo editorial, me contó que le había llegado la noticia de que una de las razones de peso para que ganáramos fueron algunos comentarios de Calasso sobre la calidad de la línea editorial de Sexto Piso. En pocas palabras, Calasso y mucha suerte fueron los ingredientes secretos para el despegue de esta peculiar editorial mexicana.

 

Citlali Marroquín y yo llegamos puntuales a las oficinas de Adelphi, donde por fin conoceríamos a Calasso. La inminencia de un encuentro en persona con Roberto generó una sensación de emoción e incertidumbre. Sin embargo, la emoción predominó y el encuentro fue mejor de lo que esperaba. La calidez de la voz que había escuchado en España se transformó en toda una persona que, con una gran sonrisa, nos dio un abrazo y nos invitó a pasar al lugar desde el que dirigía la mítica Adelphi. Ahí —siempre él en italiano y nosotros en español— conversamos sobre distintas cosas. En cierto momento de la plática le propuse hacer un libro tomando como texto central “La locura que viene de las ninfas”. Sugerí además que se incluyera “El síndrome Lolita” y el legendario ensayo “La edición como género literario”, que había leído en Adelphiana, una “publicación permanente” de la editorial. Con gran sorpresa para mí, estuvo de acuerdo y añadió otros dos ensayos: “El plató de la mente”, extraordinario texto donde relaciona “La ventana indiscreta” de Hitchcock con los Vedas, y “Confesiones bibliográficas”, un acercamiento a la relación que Elías Canetti tenía con los libros. Roberto decidió que fuera publicado expresamente en Sexto Piso, en español, incluso antes de que saliera en Adelphi un año después, en italiano, con algunos ensayos más. Él eligió que se titulara La locura que viene de las ninfas y otros ensayos. Decidí continuar probando suerte, y le dije que nos encantaría publicar su tesis, Los jeroglíficos de sir Thomas Browne. La suerte y la buena disposición de Calasso continuaron. Una joven editorial mexicana publicaría dos libros inéditos a nivel mundial de uno de los escritores más poderosos que había en el panorama literario.

 

A finales de ese mismo año, 2004, publicamos La locura que viene de las ninfas y otros ensayos y lo invitamos a presentarlo a México. Se involucraron muchas instituciones. Además de Sexto Piso, tuvimos apoyo de la UNAM, de Marie Joe Paz, amiga de Calasso, distinguiéndolo con la Cátedra Octavio Paz, celebrada en el teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM, y, por supuesto, de la Feria del libro de Guadalajara, quienes le otorgaron el Premio al Mérito Editorial. En fin, todo estaba preparado para la llegada de Calasso a México.

 

Una vez que Calasso llegó a México comenzó la diversión. Si algo descubrimos de este enigmático personaje —quienes estuvimos cerca de él en esos días— fue que más que un severo editor o un escritor ensimismado en su mundo, Roberto era una fuerza desbordada que quería conocer y experimentar todo. Estaba feliz de tener a un grupo de jóvenes como sus acompañantes. A veces era difícil seguirle el ritmo. Al recordar ese tiempo, las anécdotas se dilatan en mi mente. Calasso tenía una especie de imán para atraer situaciones peculiares, siempre divertidas. De su paso por la FIL de Guadalajara no voy a hablar, sólo señalaré que haber podido observar su relación con el mundo editorial e intelectual fue esclarecedor y muy entretenido. Además de la Ciudad de México y Guadalajara, también conoció Oaxaca. Un poco antes de la FIL, Ave, una de las futuras fundadoras de Almadía, me propuso que los asesorara para hacer una editorial. Le dije que sí, siempre y cuando invitaran a Roberto a conocer la ciudad de Oaxaca. En las tres ciudades vivimos experiencias peculiares y entrañables con Roberto. Su impulso vital era igual de intenso que su avidez de conocimiento.

 

La primera rueda de prensa fue en el hotel de Polanco donde Roberto se hospedaba, en una terraza emplazada en el último piso, con una piscina a un lado y un bar al otro. Varios periodistas se reunieron ahí para que Calasso les hablara de la locura que provocan las ninfas, de la “posesión”, una forma de conocimiento que no se adquiere… se vive. Comenzó la entrevista. Calasso explicaba cómo las ninfas se apoderan de la mente de los hombres inyectándoles un saber líquido, relacionado con los dioses Dioniso y Apolo, cuando de improviso emergió de la nada un grupo de mujeres bellísimas, en traje de baño, y comenzaron a caminar alrededor de la alberca —las fuentes son el hogar predilecto de las ninfas—, obligándonos a entender que lo divino es un evento capaz de irrumpir en cualquier instante. Mientras Calasso hablaba, todos veíamos danzar a estos poderosos seres femeninos al ritmo de sus palabras. Días más tarde, las ninfas se presentaron nuevamente, ahora en el Mama Rumba, donde habíamos llevado a Roberto para que se relajara unas horas antes de la conferencia en la UNAM. Ahí, varías ninfas bailaban enloquecidamente, mientras Calasso tomaba un mojito y sonreía con la sombra de Dioniso a su lado. A partir de ese día, la embriaguez dionisíaca fue una compañera inseparable en su viaje. No paramos hasta encontrar el mojito perfecto, por absoluto azar, un día caminando por las calles de Tepoztlán.

 

El evento que sintetiza el viaje de Calasso a México aconteció en Mitla. Lo llevamos a conocer las ruinas, un lugar donde el poder de los dioses se respira en el aire. Buscamos un guía. A un costado de las ruinas había una pequeña casita de donde emergió un anciano inmemorial llamado Bonifacio, el guardián de Mitla. Inmediatamente comenzó a explicarnos cómo los modernos creen que los ornamentos que atestan las paredes de Mitla son adornos, cuando en realidad son escrituras. Los modernos no entienden nada. Una vez que Bonifacio terminó de hablar, se retiró a su casa. Roberto y todos los que lo acompañábamos, felices por las explicaciones de Bonifacio, no parábamos de comentar lo que vivimos en esos momentos, cuando Roberto nos dijo que le encantaría despedirse del guardián de Mitla. Fuimos a buscarlo, pero no lo pudimos encontrar, simplemente desapareció, dejando un rastro en nuestra mente, cual si fuera una epifanía. Al año siguiente vi a Calasso en la Feria del libro de Londres. Estábamos en nuestro estand conversando, cuando Roberto sacó una serie de fotografías del viaje a México para que las viera, e inmediatamente me mostró la foto que logró tomar de Bonifacio. Emocionado me dijo, “mira, no fue una alucinación, aquí está Bonifacio”. Hace dos años estaba leyendo El cazador celeste, y en el primer capítulo me encuentro con el guardián de Mitla. Calasso lo hizo parte de ese deslumbrante libro. Inmediatamente le escribí y adjunté el archivo de la foto que me había dado en Londres: “Te escribo porque volver a leerlo, en inglés y en italiano, evocó tu presencia y me dio un gran placer. También pensé en Bonifacio conversando con Coomaraswamy (los ornamentos son atributos, poder, no decoración) y contigo en un espacio ni moderno ni antiguo... tal vez atemporal, y no pude dejar de sonreír”. Él contestó: “Caro Luis Alberto, la foto di Bonifacio è commovente e rimarrà fra le immagini per me più care. Grazie per averci pensato”.

Con este recuerdo me despido de mi querido Roberto.

 

Luis Alberto Ayala Blanco

 

 


Publicado originalmente en la revista Liber, publicación digital de Arte & Cultura GS del Centro Ricardo B. Salinas Pliego, de periodicidad trimestral.